La promesa de vivir para siempre tiene algo de victoria y algo de amenaza. Durante siglos, la muerte ha sido el límite contra el que se ordenaban las decisiones, los vínculos, las ambiciones y las renuncias. Cuando ese límite desaparece, no desaparece la pregunta por la vida. Al contrario, se vuelve más difícil de esquivar.
En Eidos, la transferencia de la consciencia no elimina la fragilidad humana. La desplaza. Ya no se trata de sobrevivir al cuerpo, sino de comprender qué ocurre cuando la existencia deja de estar presionada por el final biológico.
Una vida sin muerte natural puede parecer más libre, aunque también puede volverse más indeterminada. Si todo puede aplazarse, si todo puede repetirse, si cada error puede amortiguarse dentro de una duración casi infinita, el propósito deja de apoyarse en la urgencia.
La inmortalidad digital no resuelve el problema humano porque el problema humano nunca fue solo morir. También fue elegir, recordar, perder, amar, cansarse, empezar de nuevo y aceptar que cada forma de continuidad exige algún tipo de renuncia.
El futuro no elimina las preguntas humanas. Solo cambia el lugar desde el que nos obligan a responder.
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