Podemos construir leyes, ciudades, religiones, ejércitos y teorías sobre nosotros mismos. Pero hay momentos en los que el cuerpo actúa antes de que la inteligencia tenga tiempo de explicar quiénes creemos ser.
Hace algún tiempo, años ya, llevaba a mi hijo de apenas dos años, sobre los hombros. Pisé mal, tropecé y caí. Todo ocurrió en una fracción de segundo. La reacción más útil para proteger mi propio cuerpo habría sido soltarlo y extender las manos para amortiguar el golpe. Hice exactamente lo contrario. Lo sujeté, lo levanté por encima de mi cabeza para evitar que golpeara contra el suelo y terminé amortiguando su caída con mis brazos y con mi propio cuerpo. Él apenas sufrió el golpe. Yo me llevé un buen costalazo.
Lo interesante ocurrió después, cuando pensé en ello. No recuerdo haber tomado ninguna decisión. No pensé que prefería hacerme daño yo antes que él. No evalué el riesgo, no calculé la trayectoria de la caída ni decidí conscientemente sacrificarme. No hubo tiempo. Mi cuerpo simplemente priorizó protegerlo.
Por eso tampoco lo considero un acto de valor. El valor requiere cierto conocimiento de lo que uno está haciendo: percibir el peligro, comprender el riesgo y actuar a pesar de él. Allí la reacción llegó antes. Fue más rápida que cualquier razonamiento consciente y, probablemente, mucho más antigua.
Ese pequeño accidente contiene una parte fascinante de lo que somos. Nos gusta definirnos por nuestra inteligencia, porque es una de las características que más nos distingue del resto de los animales y la que nos permitió desarrollar lenguaje complejo, cultura acumulativa, tecnología y civilización. Pero esa inteligencia no apareció sustituyendo al animal que éramos. Se construyó sobre él.
Seguimos protegiendo a nuestras crías, buscando pertenecer a un grupo, defendiendo espacios, respondiendo a amenazas, compitiendo por recursos, estableciendo vínculos, reconociendo jerarquías, cooperando y diferenciando con enorme facilidad entre quienes consideramos de los nuestros y quienes quedan fuera. Después nuestra inteligencia transforma esas predisposiciones en comportamientos muchísimo más complejos: una casa sustituye a un refugio, una escritura de propiedad formaliza un territorio, una bandera representa a millones de individuos, un uniforme convierte a desconocidos en compañeros y una ley puede obligarnos a contener una respuesta que nuestro cuerpo ya había empezado a preparar.
No somos menos racionales por reconocerlo.
Somos más difíciles de entender.
Porque gran parte de la historia humana puede contemplarse como la historia de un animal extraordinariamente inteligente que aprendió a construir sobre mecanismos mucho más antiguos que su propia especie.
Lo que actúa antes de la razón
Instinto, reflejo y predisposición
Antes de seguir conviene detenerse en una palabra que utilizamos con demasiada facilidad: instinto. En el lenguaje cotidiano llamamos instintiva a casi cualquier conducta que parece surgir sin reflexión. En biología y etología la cuestión es bastante más complicada. Un reflejo, una respuesta automática, una emoción, una predisposición heredada y un comportamiento aprendido no son la misma cosa, aunque desde fuera puedan parecérnoslo.
Retirar la mano de una superficie que quema es un ejemplo relativamente sencillo. Parte de la respuesta puede organizarse mediante circuitos de la médula espinal antes de que la experiencia consciente del dolor haya terminado de formarse. En cambio, proteger a un hijo, defender un territorio o colaborar con un grupo son comportamientos enormemente más complejos. Intervienen predisposiciones biológicas, sistemas hormonales y neuronales, experiencia, aprendizaje y contexto social. En nuestra especie hay que añadir además una cultura capaz de modificar profundamente la forma en que todos esos elementos se expresan.
Por eso, cuando hablemos aquí de instintos humanos, no debemos imaginar instrucciones rígidas escritas en nuestros genes. Un gen no contiene la orden "protege a tu hijo", "defiende tu casa" o "apoya a tu equipo". Los genes participan en la construcción y regulación de organismos cuyos sistemas nerviosos hacen posibles determinadas tendencias y respuestas, y esas tendencias se desarrollan después dentro de un ambiente. La relación entre genes y comportamiento es mucho más compleja que una cadena de órdenes.
La evolución tampoco necesita intención. Una molécula de ADN no desea perpetuarse. Pero si determinadas variantes contribuyen a producir organismos que dejan más copias de esas variantes en las generaciones siguientes, su frecuencia puede aumentar. Después de millones de años, el resultado puede parecer sorprendentemente intencional aunque no exista ninguna intención detrás.
Mi cuerpo no necesitó conocer la selección natural para intentar proteger a mi hijo.
La cría antes que uno mismo
La protección parental constituye uno de los mejores lugares para observar esta lógica porque obliga a abandonar una idea demasiado simple de la evolución: que cada organismo debería intentar salvarse siempre a sí mismo.
En numerosas especies ocurre exactamente lo contrario. Aves que atacan a animales mucho mayores cuando se aproximan al nido, mamíferos que se interponen entre un depredador y sus crías o progenitores que dedican una enorme cantidad de energía a alimentar descendientes que todavía no pueden devolverles nada. En algunas especies, reproducirse y cuidar a la descendencia supone incluso una reducción drástica de las probabilidades de supervivencia del progenitor.
Esto deja de resultar paradójico cuando cambiamos la escala. La selección natural no premia la longevidad por sí misma. Una característica que permite vivir mucho tiempo pero no deja descendencia desaparece con quien la posee. Otra que implica asumir determinados riesgos pero aumenta suficientemente la supervivencia de descendientes que comparten parte de esa herencia puede propagarse.
William D. Hamilton formalizó en la década de 1960 una parte fundamental de esta idea mediante la teoría de la selección de parentesco y el concepto de eficacia inclusiva. Ayudar a otro individuo puede tener consecuencias evolutivas diferentes dependiendo del parentesco y del coste y beneficio de la conducta. Un padre no realiza inconscientemente una ecuación antes de salvar a su hijo; la ecuación pertenece al modelo con el que nosotros intentamos explicar por qué pudieron evolucionar organismos capaces de reaccionar de esa manera.
Y el parentesco no termina de explicar al ser humano.
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El animal que necesita a otros
Un ser humano solo es un animal bastante indefenso. Nacemos extraordinariamente dependientes y permanecemos así durante años. Durante la mayor parte de nuestra historia, sobrevivir significó formar parte de grupos capaces de obtener alimento, defenderse, criar niños, transmitir información y cuidar a individuos que temporalmente no podían valerse por sí mismos. Somos animales gregarios, como lo son una sardina dentro de un banco, un ñu dentro de una manada o un perro dentro de su grupo. La forma que adopta esa organización es distinta en cada especie, pero la necesidad básica de pertenecer a un conjunto que aumenta las posibilidades de sobrevivir no nos es exclusiva.
Nuestra sociabilidad no es excepcional por existir. Hay sociedades animales muchísimo más integradas que las nuestras. Hormigas, abejas y termitas llevan la cooperación hasta extremos en los que enormes cantidades de individuos ni siquiera se reproducen. Los peces forman bancos, las aves bandadas, numerosos herbívoros manadas y muchos primates mantienen relaciones sociales complejas que incluyen alianzas, competencia, reconciliación, parentesco y jerarquías.
Lo peculiar del ser humano está en otra parte. Nuestra inteligencia y nuestra capacidad simbólica permiten construir la pertenencia al grupo a partir de categorías, historias, símbolos o ideas compartidas. No necesitamos conocer personalmente a todos sus integrantes. Podemos considerar de los nuestros a alguien simplemente porque comparte una bandera, un idioma, una religión, un equipo, una nacionalidad o una determinada identidad colectiva.
Familia. Pueblo. Religión. Nación. Partido político. Empresa. Equipo de fútbol.
Todos pueden convertirse en "nosotros".
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Nosotros y los otros
Hemos ganado
Un estadio permite observarlo en una versión casi experimental. Miles de personas se reúnen para contemplar cómo un pequeño grupo de individuos intenta introducir un balón en una portería más veces que otro. Desde un punto de vista puramente material, el resultado puede no modificar absolutamente nada en la vida del espectador. Sin embargo, el corazón se acelera, aparece tensión, se grita, se abraza a desconocidos y una victoria puede producir una euforia que dura horas.
Y utilizamos una expresión particularmente reveladora: "hemos ganado".
No he corrido. No he tocado el balón. No he entrenado con el equipo y posiblemente no conozca personalmente a ninguno de los jugadores. Pero no digo "han ganado". Digo "hemos ganado". El grupo ha incorporado su éxito a mi propia identidad.
Esto no convierte el fútbol en un comportamiento animal simple. Es un producto cultural sofisticadísimo, con reglas, instituciones, contratos, mercados, tradiciones y una enorme carga simbólica. Pero utiliza una capacidad mucho más antigua: identificarnos con un grupo y experimentar parte de lo que le sucede como si nos sucediera también a nosotros.
Por eso tampoco resulta sorprendente que, en determinadas circunstancias, aparezca el reverso. El rival puede dejar de ser únicamente quien juega contra nuestro equipo y convertirse en "ellos". Los colores permiten reconocerlo inmediatamente. La camiseta, el escudo y la bufanda señalan pertenencia. La mayoría de las personas mantiene todo esto dentro del juego, pero en una minoría la rivalidad puede transformarse en hostilidad e incluso violencia.
La inteligencia ha inventado el fútbol.
No ha inventado el "nosotros".
Los nuestros y los otros
La psicología social lleva décadas demostrando lo poco que necesitamos para formar grupos. En los experimentos clásicos de Henri Tajfel sobre el llamado paradigma del grupo mínimo, bastaba asignar a personas a categorías prácticamente arbitrarias para que aparecieran determinadas preferencias hacia miembros del propio grupo.
Eso no significa que los humanos estemos condenados a odiar al extraño. El favoritismo hacia el propio grupo y la hostilidad hacia quienes están fuera no son exactamente el mismo fenómeno. Podemos favorecer a los nuestros sin atacar a nadie y podemos ampliar enormemente aquello que consideramos "nuestro".
Pero la facilidad con la que construimos categorías sociales resulta difícil de ignorar.
También ayuda a comprender una situación cotidiana. Podemos tener mucho más en común con una persona situada fuera de nuestro grupo que con otra situada dentro. Dos aficionados de equipos rivales pueden compartir profesión, música, ideas políticas, edad, amigos y prácticamente todos sus intereses importantes. Durante noventa minutos, sin embargo, una característica completamente distinta puede adquirir prioridad.
En circunstancias mucho más extremas ocurre algo parecido con una frontera.
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La bandera y el territorio
Un perro puede dejar señales olfativas en un territorio. Nosotros clavamos una bandera.
La comparación tiene límites evidentes. Una bandera no es una marca territorial animal transformada directamente por la evolución. Para que exista hacen falta lenguaje, simbolismo, historia y convenciones compartidas. Pero ambas conductas permiten plantear una pregunta interesante: ¿qué hizo nuestra inteligencia con las predisposiciones relacionadas con el espacio, los recursos y aquello que consideramos propio?
También somos animales territoriales. Como muchos primates, los perros o los leones, distinguimos espacios que sentimos propios de otros que consideramos ajenos y reaccionamos cuando percibimos que alguien los invade. No todas las especies gregarias funcionan así: una sardina puede formar parte de un banco enorme sin defender un territorio estable. Nosotros combinamos ambas cosas. Somos gregarios y territoriales.
Nuestra casa tiene paredes, cerraduras y escrituras de propiedad. Nuestro país posee fronteras que pueden atravesar montañas y ríos que nunca hemos visto. Podemos sentir como propio un territorio situado a miles de kilómetros y emocionarnos ante un trozo de tela que lo representa.
La diferencia, de nuevo, está en lo que nuestra inteligencia construye encima. Un animal puede defender una zona concreta. Nosotros podemos convertir esa misma noción de territorio en una casa, una finca, una frontera, una nación o un mapa.
Somos además primates eminentemente visuales. Mientras otras especies dependen mucho más del olfato para reconocer individuos, estados reproductivos o territorios, nosotros hemos convertido colores y formas en una parte fundamental de nuestro universo social. Uniformes, banderas, insignias, escudos, coronas, señales, marcas y vestimentas permiten reconocer categorías casi instantáneamente.
El territorio físico terminó convirtiéndose también en territorio simbólico.
No solo defendemos nuestra casa.
Defendemos "lo nuestro".
El extraño que podría haber sido amigo
La guerra lleva esa capacidad hasta uno de sus extremos más terribles. Dos soldados pueden encontrarse frente a frente sin conocerse. Tal vez tengan la misma edad, hijos pequeños, una profesión parecida y gustos casi idénticos. Podrían escuchar la misma música, disfrutar de los mismos libros y reírse de las mismas cosas. Si se hubieran conocido en un bar de otro país quizá habrían terminado conversando durante horas.
Pero llevan uniformes distintos.
Uno es de los nuestros y otro de los suyos.
Al mismo tiempo, un soldado puede arriesgar su vida por un compañero con quien apenas comparte afinidades personales. Ese compañero puede tener valores, ideas o comportamientos profundamente distintos de los suyos, incluso algunos que fuera de ese contexto rechazaría por completo. Y, sin embargo, en ese momento pertenece a "los nuestros". El otro, quizá mucho más parecido en gustos, carácter o principios, lleva otro uniforme.
Incluso existen casos documentados de soldados que han cubierto con su propio cuerpo una granada para proteger a quienes estaban a su alrededor. No hace falta reducir una conducta tan extrema a un único "instinto de grupo", pero tampoco debemos ignorar hasta qué punto la pertenencia puede llegar a imponerse sobre otras diferencias. Entrenamiento, vínculos, identidad, normas y cultura pueden reforzar una predisposición mucho más antigua: proteger a quienes reconocemos como parte de nuestro grupo, incluso cuando hacerlo supone asumir un riesgo enorme para nosotros mismos.
A veces basta un color, una insignia o una bandera para decidir, a un nivel sorprendentemente primario, quién queda dentro del grupo que protegemos y quién fuera. Podemos incluir a individuos sin parentesco, e incluso muy distintos de nosotros, dentro de una categoría social cuya protección llega a competir con nuestra propia supervivencia.
Y nuestra inteligencia puede llevar esa capacidad en dos direcciones opuestas. Puede ampliar el "nosotros" hasta incluir a millones de desconocidos o reducirlo hasta convertir en enemigo a alguien que, fuera de esa frontera simbólica, podría parecernos extraordinariamente próximo.
Cooperación, ley y jerarquía
Cooperar con desconocidos
Aquí los humanos nos alejamos de muchas formas de organización animal por la escala y la flexibilidad de nuestra cooperación.
Cada mañana millones de personas entran en coches fabricados por individuos que nunca conocerán, circulan por carreteras construidas con impuestos aportados por desconocidos, obedecen señales diseñadas por otros, compran alimentos cultivados a cientos de kilómetros y utilizan dinero cuyo valor depende de que una enorme comunidad acepte la misma convención.
Casi ninguno de esos intercambios necesita parentesco ni amistad.
La cooperación humana se sostiene mediante una combinación extraordinaria de reciprocidad, reputación, normas, confianza, castigo, instituciones y cultura. Podemos colaborar con alguien porque esperamos volver a verlo, porque otros conocerán nuestra conducta, porque existe una norma que consideramos justa o simplemente porque hemos aprendido que determinadas formas de cooperación son correctas.
Nuestra inteligencia permitió construir sociedades gigantescas sobre capacidades sociales que evolucionaron en grupos muchísimo menores.
Pero cuanto mayor se hizo el grupo, mayor fue también otro problema.
¿Cómo impedir que cada individuo actúe únicamente según sus intereses inmediatos?
La ley contra el impulso
Una respuesta fue la ley.
Una de las características más extraordinarias de nuestras sociedades es que hemos creado reglas explícitas capaces de imponerse, al menos idealmente, tanto a quien siente un impulso como a quien posee fuerza suficiente para ejecutarlo.
Si alguien me golpea, puedo sentir el deseo inmediato de devolvérselo. La sociedad establece límites sobre lo que puedo hacer. Si alguien posee algo que necesito, no puedo simplemente arrebatárselo. Si una persona pertenece a otro grupo, conserva derechos. Si alguien comete un delito, incluso la víctima debe aceptar que sea un sistema colectivo el que determine la respuesta.
No necesitamos suponer que cada una de esas tendencias constituye un instinto independiente. Basta reconocer que los seres humanos poseemos emociones, intereses, preferencias de grupo, agresividad potencial y respuestas ante amenazas, y que una sociedad formada exclusivamente por individuos que obedecieran siempre la reacción inmediata tendría enormes dificultades para mantenerse.
Las leyes no demuestran que hayamos dejado atrás nuestra naturaleza animal. En cierto sentido demuestran que somos capaces de reconocerla y construir mecanismos para limitar algunas de sus consecuencias.
La cultura no necesariamente elimina una predisposición.
Puede enseñarnos a no obedecerla.
Jerarquía y posición
Algo parecido ocurre con el estatus. Muchas especies sociales organizan relaciones de dominancia, acceso a recursos, prioridad reproductiva o alianzas. Las estructuras son tan diferentes que hablar de una única "jerarquía animal" carecería de sentido, pero la atención a la posición relativa dentro del grupo aparece repetidamente en la naturaleza.
Los humanos no somos ajenos a ella. Sabemos quién dirige una organización, quién posee más recursos, quién tiene prestigio, quién puede tomar decisiones o quién recibe mayor atención. Incluso en comunidades que defienden explícitamente la igualdad aparecen formas de reputación y reconocimiento.
La diferencia vuelve a estar en lo que construimos encima. Podemos heredar títulos, elegir presidentes, conceder premios, acumular seguidores en una red social o medir prestigio mediante cifras que no representan ningún recurso físico inmediato. Hemos convertido el estatus en otra abstracción.
Y después hemos construido instituciones precisamente para limitarlo. Una constitución puede establecer que la persona con mayor poder político no puede hacer determinadas cosas. Una ley puede otorgar el mismo derecho a quien ocupa el último escalón social que a quien ocupa el primero.
Nuestra inteligencia no eliminó la sensibilidad a la jerarquía.
Inventó maneras de discutirla.
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El animal en la vida cotidiana
El perro al otro lado de la puerta
Hay una especie con la que esta combinación de sociabilidad, cooperación y territorio resulta especialmente visible para nosotros porque lleva miles de años viviendo a nuestro lado.
El perro.
Humanos y perros procedemos de linajes muy diferentes, pero ambos somos animales sociales. La domesticación fue seleccionando durante miles de años animales con mayor capacidad para convivir con nosotros, y los perros actuales muestran una sensibilidad extraordinaria hacia determinadas señales humanas. Siguen gestos de señalamiento, buscan información en nuestro rostro, establecen vínculos de apego y aprenden las reglas sociales de una casa.
También comprenden perfectamente que existen espacios y grupos. Un perro puede aceptar con absoluta tranquilidad a quienes forman parte de su entorno habitual y reaccionar de manera distinta ante un desconocido que atraviesa una puerta.
Nosotros hacemos una distinción parecida, aunque la hemos rodeado de cerraduras, timbres, escrituras, alarmas, porteros y leyes sobre allanamiento.
Seguramente una parte de la extraordinaria facilidad con la que ambas especies hemos aprendido a convivir tenga que ver con que compartimos dos características muy antiguas: somos animales gregarios y gestionamos territorios. Para un perro tiene sentido distinguir quién pertenece al grupo y quién no, qué espacio forma parte de su entorno habitual, a quién debe proteger y cuándo la aparición de un extraño puede requerir atención o defensa.
Y quizá, en un nivel mucho más primario de lo que nos gusta admitir, nosotros hacemos exactamente lo mismo.
Sabemos quién es de los nuestros y quién no. Sabemos cuál es nuestro espacio y cuál sentimos ajeno. Reaccionamos cuando alguien invade una casa, amenaza a un miembro del grupo o traspasa un límite que consideramos propio. La diferencia aparece en todo lo que nuestra inteligencia ha construido sobre ese impulso inicial.
El perro puede marcar un territorio con olor. Nosotros ponemos una cerradura, una escritura de propiedad, una bandera o una frontera. El perro reconoce a quienes forman parte de su grupo por convivencia, olor, voz y experiencia. Nosotros añadimos apellidos, uniformes, documentos, símbolos, himnos y relatos compartidos. Pero cuando reaccionamos ante la invasión de nuestro espacio o ante una amenaza contra alguien que consideramos de los nuestros, la respuesta puede empezar en un nivel tan rápido y tan poco deliberado como aquella vez en que, al caer, sujeté a mi hijo antes de tener tiempo de decidir qué debía hacer.
No es que nuestra inteligencia haya sustituido esos mecanismos por otros más sofisticados. Los ha vestido.
Ha convertido territorio en propiedad, grupo en identidad, pertenencia en símbolo y defensa en norma. Después ha construido argumentos capaces de explicar, justificar, limitar o incluso contradecir esas respuestas.
Pero muchas veces la reacción llega primero.
Quizá parte del extraordinario éxito de nuestra relación con los perros proceda precisamente de ahí. Dos especies sociales capaces de reconocer grupo, territorio, pertenencia y amenaza encontraron durante la domesticación una compatibilidad muy profunda. Ellos aprendieron a leernos y nosotros aprendimos a leerlos.
No pensamos igual.
Pero, a veces, reaccionamos desde lugares sorprendentemente parecidos.
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Miedo, asco y supervivencia
No todos nuestros sistemas antiguos tienen que ver con otros individuos. Algunos protegen directamente al organismo.
El miedo prepara al cuerpo ante una posible amenaza. La frecuencia cardiaca puede cambiar, la atención se concentra y el organismo moviliza recursos sin que tengamos que ordenar conscientemente cada respuesta. Después nuestra inteligencia puede utilizar esos mismos sistemas para temer cosas que ningún antepasado remoto podría haber imaginado: perder un empleo, suspender un examen, sufrir una crisis económica o recibir mañana una noticia que todavía no existe.
El asco ofrece otro ejemplo. Alimentos podridos, determinadas secreciones corporales, heces o cadáveres pueden provocar rechazo antes de que realicemos ningún análisis microbiológico. Se ha propuesto que parte de estas respuestas forma parte de un sistema de evitación de patógenos. Otros animales también muestran conductas destinadas a evitar alimentos contaminados, individuos enfermos o lugares asociados con riesgos sanitarios.
Nosotros volvimos a construir encima.
Del rechazo a la contaminación pasamos a normas de higiene, sistemas de alcantarillado, conservación de alimentos, esterilización y medicina. Una respuesta que puede tener raíces muy antiguas termina conectada con un laboratorio moderno.
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Cultura, razón y naturaleza
La cultura también nos cambia
Sería un error terminar aquí y concluir que debajo de una fina capa cultural existe un "verdadero animal" que determina lo que hacemos. La cultura no es una decoración colocada sobre la biología.
También forma parte de nosotros.
Aprendemos desde que nacemos qué comportamientos son aceptables, qué distancia debemos mantener respecto a otra persona, qué alimentos podemos comer, qué partes del cuerpo mostramos, cómo expresamos el enfado, a quién llamamos familia y qué símbolos consideramos propios. Diferentes sociedades pueden producir respuestas muy distintas sobre predisposiciones biológicas semejantes.
Además, la evolución cultural es muchísimo más rápida que la genética. Una norma puede cambiar en una generación. Una ley puede cambiar en una tarde. Una tecnología puede modificar en pocos años comportamientos que permanecieron relativamente estables durante siglos.
Biología y cultura no son adversarias. Llevan miles de años modificándose mutuamente.
Incluso nuestra capacidad para aprender cultura es producto de la evolución.
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Lo natural no es necesariamente bueno
Reconocer una raíz biológica en una conducta tampoco la justifica.
Este punto es esencial.
Si la agresividad posee componentes evolutivos, una agresión no se vuelve moralmente correcta. Si favorecemos con facilidad a nuestro grupo, la discriminación no queda justificada. Si existen celos, competencia o territorialidad, ninguna de esas predisposiciones determina cómo debemos organizar una sociedad.
Confundir lo que existe en la naturaleza con lo que debería ser moralmente aceptable es la llamada falacia naturalista.
Precisamente nuestra capacidad para evaluar nuestras propias respuestas nos permite hacer algo extraordinario: actuar contra ellas.
Puedo sentir ira y no golpear. Puedo sentir miedo y avanzar. Puedo preferir espontáneamente a alguien de mi grupo y decidir tratar de manera imparcial a quien está fuera. Puedo desear venganza y aceptar justicia.
La inteligencia puede encontrar mejores formas de satisfacer nuestros impulsos y, en cierta medida, permitirnos decidir cuáles no queremos obedecer.
La razón apareció dentro del animal
Durante mucho tiempo hemos representado la evolución humana casi como una escalera. Primero estaría el animal, después el primate, luego el humano y finalmente la razón, como si cada escalón hubiese sustituido al anterior.
La evolución no funciona así.
Trabaja con lo que ya existe. Modifica estructuras, reutiliza circuitos y construye capacidades nuevas sobre sistemas anteriores. Nuestro cerebro conserva estructuras y funciones con historias evolutivas muy distintas, profundamente interconectadas entre sí. No existe un pequeño cerebro animal escondido debajo de otro racional, pero sí una enorme continuidad biológica.
La razón apareció dentro de un organismo que ya sentía miedo, buscaba alimento, se reproducía, protegía descendientes y necesitaba relacionarse con otros.
Después aprendió a observar esas mismas tendencias.
Quizá por eso somos capaces de comprender racionalmente que el resultado de un partido de fútbol no tiene ninguna consecuencia importante para nuestra supervivencia y, segundos después, levantarnos del sofá gritando un gol. Podemos saber que una bandera es tela y emocionarnos al verla. Podemos defender la igualdad y descubrir que nuestro cerebro clasifica espontáneamente a las personas.
Y puedo saber perfectamente que, cuando uno cae, debería poner las manos.
Pero aquella vez llevaba a mi hijo sobre los hombros.
Y mis manos hicieron otra cosa.
El animal que construyó encima de sí mismo
La civilización surgió como una de las consecuencias de que un animal desarrollara una inteligencia extraordinariamente flexible y una capacidad excepcional para acumular cultura.
Animales sociales construyeron ciudades. Animales capaces de competir diseñaron mercados y reglas. Animales sensibles al estatus inventaron instituciones para distribuir y limitar el poder. Animales capaces de agresión redactaron leyes que prohíben ejercerla libremente. Animales que protegían a sus crías levantaron escuelas y hospitales. Animales que evitaban enfermedades desarrollaron medicina. Animales territoriales trazaron fronteras y después firmaron tratados para decidir cómo atravesarlas.
Y un animal que distinguía entre los suyos y los extraños terminó formulando una idea extraordinaria: que determinados derechos deberían corresponder a todos los seres humanos precisamente con independencia del grupo al que pertenecieran.
Tal vez ahí se encuentren algunos de los mayores retos y posibilidades abiertos por nuestra inteligencia: comprender nuestra naturaleza lo suficiente como para decidir qué queremos hacer con ella.
Lo que seguimos siendo
Un animal más
Nos hemos acostumbrado a decir "los seres humanos y los animales" como si habláramos de dos categorías distintas.
Nunca dejamos de pertenecer a la segunda.
Seguimos compitiendo por recursos, buscando refugio, protegiendo a nuestras crías, formando grupos, defendiendo espacios, cooperando, temiendo, deseando, jugando y aprendiendo. Compartimos muchas de esas necesidades con animales enormemente alejados de nosotros y otras con nuestros parientes evolutivos más próximos.
Todos esos impulsos pueden entenderse también como parte de la forma que la evolución encontró, en nuestra especie, de favorecer la continuidad de nuestra herencia biológica. La molécula no quiere sobrevivir, no piensa ni decide nada, pero las variantes que contribuían a producir organismos capaces de protegerse, proteger a sus crías, cooperar con otros o defender recursos tuvieron más posibilidades de continuar. En otras especies esa misma lógica ha dado lugar a estrategias distintas. En la nuestra produjo, entre muchas otras cosas, estos mecanismos que todavía hoy condicionan una parte profunda de nuestro comportamiento.
Nuestra diferencia está en los medios que puso a nuestra disposición una determinada combinación de factores naturales: inteligencia, lenguaje, cooperación y cultura acumulativa.
Con ellos hemos ocupado prácticamente todo el planeta. Hemos transformado ecosistemas, domesticado otras especies, construido ciudades visibles desde el espacio, modificado organismos y creado máquinas capaces de realizar tareas cognitivas que durante mucho tiempo consideramos exclusivamente nuestras.
Incluso hemos empezado a imaginar inteligencias que quizá algún día no necesiten un cuerpo biológico.
Pero nosotros sí procedemos de uno.
Lo que quedaría de nosotros
Y esto devuelve la pregunta al mundo de EIDOS.
Si algún día pudiéramos trasladar una mente humana a otro soporte, ¿qué tendríamos que conservar para poder afirmar que continúa siendo humana?
La memoria parece evidente. También la personalidad, los conocimientos, la capacidad de razonar y la historia individual. Pero ¿qué ocurriría con todo aquello que nunca consideramos cuando enumeramos quiénes somos?
El miedo.
El apego.
El deseo.
La necesidad de pertenecer.
La respuesta ante una amenaza.
La protección de los hijos.
La satisfacción de ser aceptado por un grupo.
La incomodidad ante un extraño.
La reacción que hace que unas manos protejan a una cría antes de que exista tiempo para decidir hacerlo.
En EIDOS aparece además un problema particular. Buena parte de esos mecanismos se desarrollaron en organismos sometidos a una condición que parecía inevitable: la muerte. Protegerse, reproducirse, cuidar a las crías, cooperar con el grupo o competir por recursos tiene sentido dentro de una existencia limitada, en la que el individuo desaparece y la continuidad depende, de una forma u otra, de lo que deja detrás.
Pero ¿qué ocurre si eliminamos esa condición y mantenemos la mente que se formó bajo ella? Los individuos pueden dejar de morir sin que desaparezcan necesariamente el apego, la territorialidad, la necesidad de pertenencia, el miedo a perder, la competencia o muchos otros mecanismos moldeados durante millones de años en organismos mortales. La sociedad deja de estar sometida a una de las reglas fundamentales que dieron forma a esos impulsos, pero continúa habitada por mentes construidas bajo ella.
Ese es uno de los conflictos de EIDOS. Eliminar la muerte no borraría aquello que una historia de mortalidad dejó dentro de nosotros.
Si elimináramos todo aquello que compartimos con otros animales quizá no obtendríamos una versión más pura y racional del ser humano. Quizá habríamos eliminado precisamente una parte de aquello que pretendíamos conservar.
El mismo espacio
La inteligencia nos ha proporcionado una ventaja extraordinaria frente a prácticamente cualquier otra especie. No corremos especialmente rápido, no tenemos grandes colmillos, no volamos, no respiramos bajo el agua y nuestros sentidos resultan mediocres comparados con los de muchos animales. Pero construimos automóviles, armas, aviones, submarinos, telescopios y sensores.
Nuestra inteligencia amplió nuestros medios hasta un punto que ninguna otra especie conocida ha alcanzado.
Eso puede hacernos olvidar que seguimos aquí con ellas. Compartiendo el mismo planeta, los mismos recursos y una historia evolutiva que, retrocediendo lo suficiente, termina encontrándose.
No somos visitantes de la naturaleza ni espectadores situados fuera de ella. Somos uno de sus resultados. Un animal que llegó a comprender la selección natural, a secuenciar el ADN del que está construido y a preguntarse por qué protege a su hijo mientras cae.
La inteligencia nos permitió comprender parte de nuestra naturaleza. La cultura nos permitió transformarla. Las leyes nos ayudan a contenerla y la ética puede permitirnos decidir qué hacer con ella.
Pero ninguna de esas capacidades necesita negar de dónde procedemos.
Al fin y al cabo, somos un animal más compitiendo, cooperando y tratando de sobrevivir en el mismo espacio que todos los demás. Tenemos muchos más medios porque nuestra propia naturaleza nos permitió construirlos, pero esos medios no sustituyen los mecanismos primarios sobre los que se construyeron. Seguimos siendo capaces de reaccionar ante la cría, el grupo, el territorio, la amenaza o la pertenencia antes de haberlos convertido en argumentos. Las leyes, la cultura y la ética pueden contener esas respuestas, darles límites e incluso obligarnos a actuar contra ellas; precisamente por eso las hemos construido. No borran al animal. Le impiden tener siempre la última palabra.
No dejamos de ser animales cuando aprendimos a pensar.
Aprendimos a pensar siendo animales.
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